Cuando llega el primer hijo: Reflexiones

Acompañando a parejas en el tránsito a ser padre y madre y a otros que lo eran tenían ciertas dificultades, se me ocurrió que podría ser interesante compartir con los lectores algunas reflexiones.

La paternidad representa un salto evolutivo fundamental en nuestra vida. Abandonamos el rol de hijos para responder por el cuidado de un nuevo ser.

Al convertirnos en padres dejamos atrás nuestra condición de hijos. Este tránsito representa una suerte de duelo: nos toca hacer a un lado ciertas aspiraciones adolescentes y pasamos a ser responsables por el cuidado de nuestro niño.
De ahora en más debemos responder por el bienestar de ese ser que traemos al mundo, que en un principio dependerá totalmente de nosotros. Somos sus principales referentes y contenedores.
Este tránsito marca el inicio de una nueva etapa en nuestras vidas. Es un hito importante en la senda de nuestro crecimiento personal. Junto con el conjunto de responsabilidades que acarrea, podemos abrirnos a vivir sus múltiples goces y enseñanzas.
“Es importante poder situar el ser padres como una de las etapas fundamentales dentro del crecimiento del ser humano. Se dice muchas veces que estas etapas vitales marcan un antes y un después. Creo que la paternidad lo cumple totalmente. Según las épocas o los momentos socioculturales, el ser padres adquiere connotaciones distintas. Pero en sí marca un pasaje evolutivo esencial”.
Algunas parejas tienen dificultades para hacerse cargo del ser que traen al mundo. Incluso llegan a rechazarlo. Necesitan sanar las heridas de su propio niño interior.

Convertirnos en padres supone pasar a una categoría que hasta el momento no teníamos.
Mientras éramos hijos podíamos mostrar mayor o menor nivel de autonomía, pero en última instancia dependíamos de nuestros mayores. Al convertirnos en adultos comenzamos a responder por nuestras propias necesidades. Y cuando nos transformarnos en padres, recibimos un ser que depende de nosotros. Este es el gran cambio.
“Muchas parejas me consultan por la dificultad de asumir la responsabilidad de que un niño dependa de ellos. Se creen incapaces de poder dar y sostener a otro ser ya que todavía sienten que ellos tienen que crecer. Tanto el hombre como la mujer pueden pasar por esta crisis. En ocasiones son situaciones momentáneas, otras veces son más complejas”, “cuando un padre tiene dificultades para asumir el rol y desea seguir siendo hijo, significa que en el vínculo de pareja también ocupaba ese papel. Entonces siente que el hijo le quita el lugar.”
En estos casos es preciso elaborar la condición de hijo, para asumirse como adulto.
Lo ideal sería poder sanar las heridas de nuestro niño interno antes de convertirnos en papás.
El hecho de tener un hijo puede satisfacer distintas motivaciones. Perpetuar la especie y a sí mismo. Realizar plenamente el vínculo de pareja. Y ofrecerse como instrumento de la Vida en su afán de sembrar más vida.

La posibilidad de reproducirse es innata al ser humano. La anhelamos como una vía de proyección de nosotros mismos. En este sentido tener un hijo implica una realización.
Además existe el deseo y la necesidad de perpetuar la familia humana. Y las ganas de cristalizar el vínculo de la pareja en un fruto de amor.
A diferencia de lo que acontece entre los animales, para los seres humanos el ser padres no representa sólo la prolongación de especie: permite sintetizar la relación amorosa de la pareja en la gestación de otro ser, al que se le prodiga amor y contención.
“Desde el punto de vista psicológico, en el ser padres convergen muchas líneas: por un lado está el aspecto egoico, esto es, tener un hijo y tomarlo como aquello que nos representa y perpetúa; por el otro está la posibilidad de ser portador y canal de un ser que viene al mundo: acompañarlo en su crecimiento y desarrollo para que adquiera la capacidad de ser autónomo”.
Para las parejas el ser padres implica dejar de ser dos. Es posible enfrentar el desafío como una ocasión para crecer.

Con la llegada del hijo los miembros de la pareja ya no se miran exclusivamente el uno al otro: la mirada de ambos se dirige, en gran medida, a otro ser que depende absolutamente de ellos.
La inclusión del tercero moviliza y trae conflictos que no son necesariamente negativos, ya que proponen un crecimiento. Sólo serán perniciosos en la medida en que no se puedan transitar y elaborar.
Dar amor es una capacidad esencial del ser humano. Para tener hijos es un requisito fundamental.
Cuando llega nuestro niño, cuidarlo se convierte en nuestra gran tarea. Tenemos que destinar tiempo a ese vínculo. Esto nos resta energía para otras relaciones, que sin descuidarse, tendrán que acomodarse a las demandas del nuevo rol.

El miedo a no poder darle a su hijo todo lo que necesita para desarrollarse es frecuente entre los padres primerizos. También aparece el temor a no ser idóneo en el rol. Son fantasías y fantasmas factibles de elaborar.

Al convertirnos en padres se actualizan nuestras propias vivencias como hijos. Nos conectamos con la manera en que vivimos la niñez, y cómo visualizamos a nuestros propios papás. Los temores a recaer en las situaciones difíciles o conflictivas que nos tocó vivir, nos llevan a no querer repetirlas con nuestros propios niños. Esto nos da una idea del tipo de padres que queremos ser.
A veces aparece el temor de no ser buenos padres o madres. Las mamás lo vivencian por el lado afectivo: se preguntan si serán capaces de contenerlo, si su hijo será aceptado por los demás o no. Generalmente el padre también siente un peso grande: el de la responsabilidad por los aspectos económicos, de poder hacer que este niño tenga lo que necesita, darle estudios y acompañarlo en el crecimiento.
Otro de las preocupaciones que se les presenta a ambos, pero que en general padece más la madre, es que el hijo nazca sano. Aparece el temor de que pueda tener alguna enfermedad.
Al compartir sus temores y fantasías, la mamá permite que el padre se involucre durante el embarazo. Estarán mejor preparados para recibir al hijo.

Habitualmente los varones se sienten excluidos durante el embarazo. La futura mamá es la que percibe los cambios y los movimientos dentro de su cuerpo.
Comparado con lo que sucedía hace tan sólo treinta años, sin embargo, la situación mejoró notablemente. Las ecografías permiten a ambos cónyuges visualizar al hijo que viene en camino. Y los acompañamientos médicos, donde los papás también comparten las instrucciones, aúnan a la pareja en el proceso de armar el nido para el niño que viene.
Es conveniente que la mamá comparta con el marido todos sus temores, de esta manera lo hará partícipe de lo que acontece en ese mundo interno de conexión con el hijo. Algunas mamás viven este tránsito de una manera tan cerrada, que cuando llega el bebé el papá no está preparado: siente que le faltaron esos nueve meses para conversar, acompañar a su mujer y sostenerla tanto emotiva como físicamente. El compartir sus fantasías y vivencias los une y fortalece como futuros padres.

Los nuevos paradigmas derribaron muchas de las fronteras que existían entre los roles de madre y padre. Ponen el énfasis en acompañar más que en conducir, en guiar más que en constreñir.

En el pasado los roles de padre y madre estaban mucho más delimitados. La mamá se encargaba de la crianza y del sustento afectivo; el padre del suministro económico y del dictado de normas de conducta. Esto se ha ido modificando: hoy en día se frecuente que tanto la mujer como el hombre trabajen, con lo cual la preocupación por los aspectos económicos y el cuidado del bebé en las distintas etapas les compete a los dos.
El ser que viene a la vida depende de ambos, y no de roles tan estancos y fijos como se entendía antes. Los dos papás reciben a este niño para contenerlo en un proceso donde al comienzo son totalmente dependientes. La tarea es acompañarlo en su desarrollo evolutivo, emocional y espiritual: un camino que les permitirá ir encontrándose, cada vez más, con sus potenciales internos, interactuando con la realidad social y cultural que le toque vivir para llegar a ser adultos independientes.

Los roles de la madre y el padre son complementarios, pero no insustituibles. Lo único que no puede faltar, para recibir un niño, es el amor.

Cuando nace el bebé se corta el cordón umbilical, pero aún existe una unión con la madre a nivel energético (el pequeño pasa a alimentarse de la leche materna).
Este halo entre madre e hijo, esta relación tan estrecha, continúa más o menos hasta los seis meses, en que el niño empieza a independizarse de su mamá en lo que hace a las nutrientes físicas.
El papá cumple un rol muy importante: es el que ayuda a que esta madre y este hijo no queden “pegados”; ayuda a que ella pueda ir soltando al niño para que crezca y evolucione, y no pierda su lugar de mujer. Tiene un rol central en la sociabilización de ese hijo: le garantiza que además de ese vínculo tan estrecho con su madre existen otros seres como él que lo aman, lo ayudan y le permiten ir desarrollándose.
Los roles del padre y de la madre son complementarios. Esto no quiere decir que durante los primeros meses el padre o alguna persona sustituta no pueda hacerse cargo del bebé –para eso está la mamadera, que suple la leche materna–. Lo verdaderamente importante es que aquel que cuide al niño lo haga con amor.

Cada pareja debe decidir que aspectos de sus vidas quieren tener resueltos antes de convertirse en padres. A priori, nada es imprescindible.

En gran medida el nido para recibir al hijo se conforma a partir de los ideales que tienen los papás sobre el tipo de padres que quieren ser, y cómo llegar a serlo. En la medida en que los papás puedan prepararse -en el sentido de compartir lo que les implica ser padres, qué les pasa a cada uno en forma individual y como pareja-, propician que la llegada del hijo se dé más placenteramente. Tendrán mayores posibilidades de contenerlo y de contenerse a sí mismos.
Muchas veces se presentan situaciones donde los papás, si no terminan una carrera o no tienen una posición económica sólida, sienten que no es bueno traer un hijo al mundo.
“A mi juicio nada es imprescindible para tener un hijo. Se puede contar con una brillante situación económica, por ejemplo, y de pronto perderla. ¿Y entonces qué hacemos con el niño? Lo central es que los cónyuges puedan llegar a acuerdos sobre sus necesidades, y definir aquellas cosas que puede negociar, y las que no. Para algunos será importante tener casa propia, para otros un trabajo fijo o tener el tiempo o el espacio para poder estar con el bebé. Esto depende de cada pareja”. Lo central es asumir que cada uno va a dar lo mejor que pueda en cada momento, y fundamentalmente amor.

Lic. Adela Lalin.
Socia Fundadora de AGBA y Coordinadora del Departamento de Niñez, Adolescencia y Familia.